En el embarazo yo, la que se cree farmaceuta, la que no
evitaba un atamel ante el menor malestar, he renegado de las medicinas porque
no quiero que en mi cuerpo haya ningún químico que no sea nutriente necesario. He
preferido tolerar los malestares que, gracias a Dios, no han sido de
envergadura. El inyectarme pues, ese betagen que consiste en una dosis de
esteroides según tengo entendido, no me hacía ninguna gracia. Pero luego de
pensarlo y pensarlo (confío casi ciegamente en mi sabia doctora) lo sensato me
pareció hacerle caso a la obstetra. Y así lo hice.
La aguja fue lo de menos nené. La tía Irene Weil tiene unas
manos perfectas. No dolió. Las secuelas llegaron después. Fueron 24 horas con
el rostro enrojecido, dolor de cabeza y, sobre todo, un indomable insomnio. Al
día siguiente tocaba una nueva dosis y, por más que temía volver a repetir la
molesta escena, pensé que lo mejor por ti y para tus pulmoncitos era seguir
adelante y colocarme la segunda y última inyección. Y así lo hice. Y el
malestar repitió. Pero no me he arrepentido ni un instante y eso me hace
sentirme una buena mamá: tú eres la prioridad máxima. Tú y sólo tú.
También he dejado de poner música muy movida o no tan armónica
en el carro. Me temo pueda asustarte semejante estruendo! Ahora el playlist
pasa por tu filtro: melodías que puedan hacerte sentir muy feliz ahí dentro. Que
nada perturbe tu paz allí en mis entrañas. En fin… aunque aún no me habitúo al
título cada vez te siento más mío y ese enorme peso de responsabilidad me hace
pensar mis actos dos veces. Creo que seguirá siendo así de ahora en adelante. Tú
nené me estás convirtiendo en mamá. Tú mamá.