Alejandro, desde que naciste, y
sobre todo estos últimos meses, se me cae mucho el cabello. He leído al
respecto y sí, es tu culpa: el fenómeno es producto del posparto. Pero no
importa mi nenecito, ya crecerá. Al igual que tú, que cada día nos asombras con
nuevas proezas. Mis pelitos están por toda la casa, más ahora que sabes cómo
jalarlo con fuerza. Los veo en tus manitas, en tus brazos, en mi pecho, en el
piso y en tu culito me he topado con un cabellito rubio impertinente.
Con tus recientes habilidades
motoras has cambiado mi look. Adiós (bueno, hasta luego) melenas sueltas,
sarcillos largos, camisas muy cerradas que me impidan darte pecho con
facilidad. Has logrado lo que tu papá en 13 años no ha podido: bajarme de mis
amados tacones, esos con lo que me siento más esbelta y estilizada. Pero por
ti, la vida: me he convertido en una mamá pragmática y (lo admito: me preocupa)
menos coqueta. Jamás arriesgaría caerme contigo en brazos.
A veces se me baja la moral, vuelve
esa autoestima mía tambaleante. Pero, te veo y ya no me queda interés en el
espejo, ni en los complejos. Trato de ponerme lo más linda que pueda para tu
papi, pero siempre pensando en la comodidad maternal. Total, a él siempre le
había gustado esa versión menos fashion de Bebel que ahora encarno. Ya habrá
tiempo para volver a la frivolidad, pero todavía mi mundo y mi cabeza (peinada
o no) se enfocan en ti.