¡Naciste! Y
desde ese preciso instante nuestras vidas han dado un giro radical, inmenso y
maravilloso. Ni siquiera había tenido tiempo de contarte por aquí, para que
quede registrado por escrito y luego no me traicione mi inclemente mala
memoria, todos los detalles de ese intenso día.
Apenas
llegamos a la clínica nos pasaron a un cuarto con vista al Ávila y comenzó el
proceso de parto. Me dieron una pastillita para colocar bajo la boca que
agilizaría la dilatación. Tenía un centímetro, pero no te habías encajado.
Estabas allí, terquito, renuente a salir de tu cuevita. Así pasaron 4 o 5
horas, con contracciones suaves y manejables. “Esto no es tan doloroso como
dicen”, pensé. Pero apenas íbamos por los 4 centímetros y tu cabecita seguía en
el mismo lugar. Estábamos frente a un proceso de parto lento, difícil y con
posible desenlace en cesárea o uso de fórceps. La doctora sugirió hacer la
cesárea de una vez y no esperar 10 extenuantes horas porque, de lo contrario, no
sería el “parto feliz” que ella quería para nosotros. No tardé en aceptar
cuando ya estaba allí el muchacho con la camilla para llevarnos (a ti y a mí,
no a papá) al quirófano. Porque sí, acababan de darme la terrible primicia de
que ya los papás no podían entrar a las cesáreas. Tenía que armarme de valor y
recibirte allí, vulnerable y sola. Afuera, acompañando a tu ansioso papá quien,
la verdad, estaba bastante sereno, estaban cucú y apetita. La primera más
nerviosa que la segunda, tanto así, que ya le había puesto el ojo a un par de
enfermeras antipáticas.
Casi sin
asimilar lo que ocurría, a eso de las 2 y pico de la tarde, entramos en
quirófano. Debo confesar que no soy la más valiente en esas circunstancias.
Mamá tenía miedo, pero se tranquilizó un poquito al ver allí, entre tantos
enfermeros, una cara conocida: la doctora Trina. Me pusieron la anestesia
epidural y, como por arte de magia, en pocos segundos, ya no sentía nada de la cintura
hacia abajo. Comenzó la cirugía. Y tardó más de lo que tu mamá impaciente
esperaba. En una de esas, de los nervios o por alguna reacción a la anestesia,
me descompensé. Mareos, náuseas fuertes. Más susto: ¿y qué si aquí ahora me
pasa algo? Siempre creí que la cesárea era un paseo, un parto express o algo
por el estilo, pero en ese momento entendía que era una operación como
cualquier otra, salvo por un gran detalle: uno sabe que hay un desenlace feliz,
un regalote, un premio de consuelo.
Algo me
inyectaron y el malestar se disipó. Finalmente, tras maniobras y conversas de
por medio entre los médicos que yo escuchaba sin escuchar, en un instante
glorioso, la doctora ordenó que bajaran un poco la cortina que tapaba mi
vientre porque había llegado el momento de sacarte. Y te vi, boquita abajo, en sus
manos. El anestesiólogo, atónito, tomaba fotos con su blackberry. No todos los
bebés nacen tan bellos como tú. Y para él, que había presenciado cientos de
partos, esa criaturita –mi hijo- merecía un retrato. “De criollito no tiene
nada”, dijo en alusión a tu piel blanquita, como la mía.
De la emoción
moví el brazo y me regañaron. Debía quedarme quieta, inmutable, frente al
episodio más trascendente de mi vida. Y lloramos: tú, por el trauma que supone
nacer; yo, porque contigo nacía la Bebel mamá. Ese bebecito hermoso era mi
hijo.
El espectáculo
fue efímero. Te llevaron a un ladito para pesarte, limpiarte, chequearte.
Minutos que para mí fueron siglos, hasta que al fin la neonatóloga te acercó a
mi rostro, me dijo que estabas sanito (gracias, Dios) y me permitió darte un
beso. Ya allí con tus ojitos inmensos, bien abiertos, me miraste. Y así fue que
nos saludamos en el mundo exterior Alejandrito.
Después, te
sacaron del quirófano, y, según me cuentan, papá estaba allí, tras esa puerta,
esperando su primer encuentro contigo. Y de allí en adelante estuviste en el
retén y detrás de un vidrio viste desfilar a media familia. Todos estaban
embelesados con tu belleza. ¡Es hermoso! decían casi tan incrédulos como papá y
yo, que, modestos o pesimista, esperábamos un nenecito, digamos, promedio; no
ese Adonis que has sido desde tu primer segundo en esta Tierra.
Transcurrieron
más de tres horas desde que naciste hasta que pude volver a verte. Otra espera
que casi se me hizo más larga que los nueve meses de embarazo. Tan emocionada
estaba, que no dormí ni un minuto en la sala de recuperación. Sólo anhelaba que
se despertaran mis piernas y cediera el terrible malestar de vientre para bajar
a verte, para protegerte porque sabía que en ese momento tú me necesitabas
tanto como yo a ti.
Cuando llegó
el camillero a buscarme y bajarme la habitación, le agradecí inmensamente el
que me prometiera quebrantar las normas para llevarme directo al retén.
Bajamos. Movió la camilla cual Meteoro para pasar el puesto de enfermeras, y,
entre todos los familiares, y yo hecha trizas (quería que me vieran radiante,
no en una batica de quirófano recién bajada de recuperación), volví a tenerte
frente a mí. Y lloré. Otra vez.
Una vez en el
cuarto me “adecenté”, dentro de lo que cabe, y recibí las visitas. No podía
hablar por la cesárea. Me dolía todo y nada
me confortaría hasta tenerte conmigo. “Es bello, felicitaciones”, decían
hermanos, cuñadas, primos, tíos. “Igualito a ti”, "igualito a Edu”, los parientes
de cada lado. Y te trajeron. Aleluya. Y, rodeada de ese gentío, vi tus ojitos mirarme
nuevamente y la enfermera te puso en mis brazos. Fui la primera de los dos en
cargarte y, desde ese momento Alejandro, mi corazón no te ha soltado...