Ya vienes en camino, pero la dulce espera puede ser muy larga para una mamá impaciente como la tuya. Para hacerla más corta, compartiré contigo cada hito de estos emocionantes nueve meses

miércoles, 15 de mayo de 2013

Mucho gusto (la historia de tu nacimiento contada por mamá)

Alejandro
¡Naciste! Y desde ese preciso instante nuestras vidas han dado un giro radical, inmenso y maravilloso. Ni siquiera había tenido tiempo de contarte por aquí, para que quede registrado por escrito y luego no me traicione mi inclemente mala memoria, todos los detalles de ese intenso día.
5 de febrero de 2013. Luego de una mala noche, producto de un coctel de angustia, emoción y expectación, despertamos papá y yo. Ansiosos, nerviosos, incrédulos. Al cruzar la puerta de la casa con mi vestidito negro y maleta en mano, un sustico de escalofrío me invadió: la próxima vez que la atravesáramos seríamos tres. Ya lo éramos, desde hacía 9 meses, pero ahora estarías afuera de mí y ya la biología no se encargaría de la enorme responsabilidad de mantenerte feliz y sanito, como estabas en mi vientre. La maternidad, mi bebé, transformó como un tsunami toda la perspectiva que tenía de la vida. Soy una antes y otra después de ti. Has sacado lo mejor de papá y de mí mi querido Alejandro, ¡y lo que nos falta! Sólo quiero ser mejor, alcanzar esa utópica perfección que mereces.
Apenas llegamos a la clínica nos pasaron a un cuarto con vista al Ávila y comenzó el proceso de parto. Me dieron una pastillita para colocar bajo la boca que agilizaría la dilatación. Tenía un centímetro, pero no te habías encajado. Estabas allí, terquito, renuente a salir de tu cuevita. Así pasaron 4 o 5 horas, con contracciones suaves y manejables. “Esto no es tan doloroso como dicen”, pensé. Pero apenas íbamos por los 4 centímetros y tu cabecita seguía en el mismo lugar. Estábamos frente a un proceso de parto lento, difícil y con posible desenlace en cesárea o uso de fórceps. La doctora sugirió hacer la cesárea de una vez y no esperar 10 extenuantes horas porque, de lo contrario, no sería el “parto feliz” que ella quería para nosotros. No tardé en aceptar cuando ya estaba allí el muchacho con la camilla para llevarnos (a ti y a mí, no a papá) al quirófano. Porque sí, acababan de darme la terrible primicia de que ya los papás no podían entrar a las cesáreas. Tenía que armarme de valor y recibirte allí, vulnerable y sola. Afuera, acompañando a tu ansioso papá quien, la verdad, estaba bastante sereno, estaban cucú y apetita. La primera más nerviosa que la segunda, tanto así, que ya le había puesto el ojo a un par de enfermeras antipáticas.

Casi sin asimilar lo que ocurría, a eso de las 2 y pico de la tarde, entramos en quirófano. Debo confesar que no soy la más valiente en esas circunstancias. Mamá tenía miedo, pero se tranquilizó un poquito al ver allí, entre tantos enfermeros, una cara conocida: la doctora Trina. Me pusieron la anestesia epidural y, como por arte de magia, en pocos segundos, ya no sentía nada de la cintura hacia abajo. Comenzó la cirugía. Y tardó más de lo que tu mamá impaciente esperaba. En una de esas, de los nervios o por alguna reacción a la anestesia, me descompensé. Mareos, náuseas fuertes. Más susto: ¿y qué si aquí ahora me pasa algo? Siempre creí que la cesárea era un paseo, un parto express o algo por el estilo, pero en ese momento entendía que era una operación como cualquier otra, salvo por un gran detalle: uno sabe que hay un desenlace feliz, un regalote, un premio de consuelo.
Algo me inyectaron y el malestar se disipó. Finalmente, tras maniobras y conversas de por medio entre los médicos que yo escuchaba sin escuchar, en un instante glorioso, la doctora ordenó que bajaran un poco la cortina que tapaba mi vientre porque había llegado el momento de sacarte. Y te vi, boquita abajo, en sus manos. El anestesiólogo, atónito, tomaba fotos con su blackberry. No todos los bebés nacen tan bellos como tú. Y para él, que había presenciado cientos de partos, esa criaturita –mi hijo- merecía un retrato. “De criollito no tiene nada”, dijo en alusión a tu piel blanquita, como la mía.
De la emoción moví el brazo y me regañaron. Debía quedarme quieta, inmutable, frente al episodio más trascendente de mi vida. Y lloramos: tú, por el trauma que supone nacer; yo, porque contigo nacía la Bebel mamá. Ese bebecito hermoso era mi hijo.  


El espectáculo fue efímero. Te llevaron a un ladito para pesarte, limpiarte, chequearte. Minutos que para mí fueron siglos, hasta que al fin la neonatóloga te acercó a mi rostro, me dijo que estabas sanito (gracias, Dios) y me permitió darte un beso. Ya allí con tus ojitos inmensos, bien abiertos, me miraste. Y así fue que nos saludamos en el mundo exterior Alejandrito.
Después, te sacaron del quirófano, y, según me cuentan, papá estaba allí, tras esa puerta, esperando su primer encuentro contigo. Y de allí en adelante estuviste en el retén y detrás de un vidrio viste desfilar a media familia. Todos estaban embelesados con tu belleza. ¡Es hermoso! decían casi tan incrédulos como papá y yo, que, modestos o pesimista, esperábamos un nenecito, digamos, promedio; no ese Adonis que has sido desde tu primer segundo en esta Tierra.

Transcurrieron más de tres horas desde que naciste hasta que pude volver a verte. Otra espera que casi se me hizo más larga que los nueve meses de embarazo. Tan emocionada estaba, que no dormí ni un minuto en la sala de recuperación. Sólo anhelaba que se despertaran mis piernas y cediera el terrible malestar de vientre para bajar a verte, para protegerte porque sabía que en ese momento tú me necesitabas tanto como yo a ti.
Cuando llegó el camillero a buscarme y bajarme la habitación, le agradecí inmensamente el que me prometiera quebrantar las normas para llevarme directo al retén. Bajamos. Movió la camilla cual Meteoro para pasar el puesto de enfermeras, y, entre todos los familiares, y yo hecha trizas (quería que me vieran radiante, no en una batica de quirófano recién bajada de recuperación), volví a tenerte frente a mí. Y lloré. Otra vez.





Una vez en el cuarto me “adecenté”, dentro de lo que cabe, y recibí las visitas. No podía hablar por la cesárea. Me dolía todo y nada  me confortaría hasta tenerte conmigo. “Es bello, felicitaciones”, decían hermanos, cuñadas, primos, tíos. “Igualito a ti”, "igualito a Edu”, los parientes de cada lado. Y te trajeron. Aleluya. Y, rodeada de ese gentío, vi tus ojitos mirarme nuevamente y la enfermera te puso en mis brazos. Fui la primera de los dos en cargarte y, desde ese momento Alejandro, mi corazón no te ha soltado...

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