Ya vienes en camino, pero la dulce espera puede ser muy larga para una mamá impaciente como la tuya. Para hacerla más corta, compartiré contigo cada hito de estos emocionantes nueve meses

sábado, 8 de junio de 2013

Razones de peso

Esos primeros días en que llegaste a casa todo fue un aprendizaje. De pronto, teníamos a una tercera personita que dependía enteramente de ambos (sobre todo de mí) y que lloraba un montón. La primera noche que pasaste en nuestra casa fue intensa al igual que las sucesivas. Te parabas cada hora a comer, pero no terminabas de alimentarte bien porque, plácido y cómodo, te quedabas rendido en mi regazo. Nosotros te quitábamos las mediecitas, te hacíamos cosquillitas en los pies y tratábamos otras infructuosas maniobras para despertarte. Confieso que toda la vida creí que dar pecho era obra de la madre naturaleza, que no tenía mayor complicación y, tácitamente, juzgaba a quienes se inscribían en cursos de lactancia materna. Yo me había leído un libro muy útil que me prestó tu tía Andrea y creía que en esas páginas encontraría todas las respuestas. Además, tenía como ejemplo el caso de tu tía Ma. Helena que dio pecho de maravilla a Marc durante casi un año. Estaba segura y determinada a que ese fuera mi caso.
Pero todas las teorías que había leído se desplomaban cada vez que me enfrentaba al reto de que no te quedaras rendido al comer. Cualquier intento era en vano.

 De todas formas, cada vez que querías (y eso era a cada rato) te pegaba al pecho siguiendo los preceptos de la teoría de la “libre demanda” según la cual yo era súbdita de tu hambre y que sólo ella marcaba la pauta de tu alimentación. Aprendí a hacer de todo contigo pegado a mi pecho: comer, sacar algo de la nevera, caminar por la casa. Abuelita Cucú decía que parecía una indígena!

La lactancia la tuve como meta más por todos los beneficios que suponía para ti, que por instinto maternal. Siempre me había parecido que todo eso era un poco “mamífero” y me daba un poco de idea. Sin embargo, bastó verte allí pegadito junto a mí y mirarme con esos ojitos desde abajo, para que quisiera (ya por voluntad y no por racionalidad) darte pecho todo el tiempo. Pero la madre naturaleza nos retó a ti y a mí bebecito. La lactancia no era ni tan natural, ni tan sencilla como pensaba.
Cuando finalmente aprendí a colocarte en posición para que agarraras bien el pecho, fuimos a pesarte y desconcertados descubrimos que seguías estancado en el mismo peso. 2 Kg700. Casi lloro cuando el pediatra me dijo que debía complementar con fórmula porque estabas muy flaquito.
 Aterrada por tu delgadez y los comentarios de terceros sobre lo flaco que estabas, obedecí al médico, pero tan pronto lo hicimos, ese pecho que tanto querías, no lograbas agarrarlo con facilidad. Te frustrabas porque la leche no salía tan rápido como en el teterito. Impaciente como tu mamá, querías todo para ya y succionar era muy fastidioso. Preocupada, llamé a una experta en lactancia y fuimos para hacer todo lo que estaba en nuestras manos por solucionar esa temida “confusión de pezón”, de la que había leído y que ahora experimentábamos en carne propia. Ella, la señora Lolita, dijo que estabas agarrando bien el pecho, que yo tenía buena producción y de que, aunque no sería fácil, podíamos hacer lo posible porque no perdieras la lactancia. Yo debía esmerarme y pegarte a mi pecho todo el día, y tener paciencia ante tu llanto y frustración. Tenía que “venderte” lo agradable del pecho y eliminar por completo el tetero. Como buena alumna, obedecí. ¡Y qué semana pasamos bebé! Pero salimos victoriosos: estabas agarrando el pecho nuevamente con docilidad y te escuchaba tragar. Optimistas, fuimos al control de peso creyendo que la báscula sería un problema del pasado. Pero no. No habías aumentado ni un gramo bebé. Ni un gramo. Y yo me sentía más culpable que nunca por desobedecer al pediatra.
La solución era darte la leche con una jeringa, pero no te gustaba nada y temíamos lastimarte el paladar. El doctor, por su parte, insistía en que te diéramos un tetero normal aunque eso implicase despedirse del pecho. Yo no quería la salida fácil, sino lo mejor para ti. Investigando, dimos con una nueva solución: darte la leche de fórmula con un vasito, en el que la tomarías como un cachorrito. Era complicado: te emparamabas, se chorreaba la leche, te entraban más gases. Tu papá se convirtió en el experto de esa tarea. 


Y así seguimos, con el pecho y el vasito, hasta que afianzamos un poco más la lactancia y encontramos un método menos engorroso. Duramos 3 semanas en eso. Sirvió, pero empecé a notar que quizás tenías gases de más producto del vasito, así que luego de un arduo arqueo en internet, di con unos teteros especiales que prometían emular la succión al pecho materno y, por tanto, evitar la confusión del pezón. Y con eso lo logramos nené. Después de muchos intentos y lágrimas de tu mamá, fue posible que subieras de peso sin que perdiéramos del todo el pecho. Eso significaba que seguirías obteniendo los anticuerpos que sólo la leche materna puede dar.

A los tres meses ya estabas hecho un gordito y pesarte en el pediatra dejo de ser una experiencia aterradora para tu mamá. En mi vida desde que naciste la balanza siempre se inclina hacia ti. 


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