Esos primeros días en que llegaste a casa todo fue un
aprendizaje. De pronto, teníamos a una tercera personita que dependía
enteramente de ambos (sobre todo de mí) y que lloraba un montón. La primera
noche que pasaste en nuestra casa fue intensa al igual que las sucesivas. Te
parabas cada hora a comer, pero no terminabas de alimentarte bien porque,
plácido y cómodo, te quedabas rendido en mi regazo. Nosotros te quitábamos las
mediecitas, te hacíamos cosquillitas en los pies y tratábamos otras
infructuosas maniobras para despertarte. Confieso que toda la vida creí que dar
pecho era obra de la madre naturaleza, que no tenía mayor complicación y,
tácitamente, juzgaba a quienes se inscribían en cursos de lactancia materna. Yo
me había leído un libro muy útil que me prestó tu tía Andrea y creía que en
esas páginas encontraría todas las respuestas. Además, tenía como ejemplo el
caso de tu tía Ma. Helena que dio pecho de maravilla a Marc durante casi un
año. Estaba segura y determinada a que ese fuera mi caso.
Pero todas las teorías que había leído se desplomaban cada
vez que me enfrentaba al reto de que no te quedaras rendido al comer. Cualquier
intento era en vano.
De todas formas, cada vez que querías (y eso era a cada
rato) te pegaba al pecho siguiendo los preceptos de la teoría de la “libre
demanda” según la cual yo era súbdita de tu hambre y que sólo ella marcaba la
pauta de tu alimentación. Aprendí a hacer de todo contigo pegado a mi pecho:
comer, sacar algo de la nevera, caminar por la casa. Abuelita Cucú decía que
parecía una indígena!
La lactancia la tuve como meta más por todos los beneficios
que suponía para ti, que por instinto maternal. Siempre me había parecido que
todo eso era un poco “mamífero” y me daba un poco de idea. Sin embargo, bastó
verte allí pegadito junto a mí y mirarme con esos ojitos desde abajo, para que
quisiera (ya por voluntad y no por racionalidad) darte pecho todo el tiempo.
Pero la madre naturaleza nos retó a ti y a mí bebecito. La lactancia no era ni
tan natural, ni tan sencilla como pensaba.
Cuando finalmente aprendí a colocarte en posición para que
agarraras bien el pecho, fuimos a pesarte y desconcertados descubrimos que
seguías estancado en el mismo peso. 2 Kg700. Casi lloro cuando el pediatra me
dijo que debía complementar con fórmula porque estabas muy flaquito.

Aterrada
por tu delgadez y los comentarios de terceros sobre lo flaco que estabas,
obedecí al médico, pero tan pronto lo hicimos, ese pecho que tanto querías, no
lograbas agarrarlo con facilidad. Te frustrabas porque la leche no salía tan
rápido como en el teterito. Impaciente como tu mamá, querías todo para ya y
succionar era muy fastidioso. Preocupada, llamé a una experta en lactancia y
fuimos para hacer todo lo que estaba en nuestras manos por solucionar esa temida
“confusión de pezón”, de la que había leído y que ahora experimentábamos en
carne propia. Ella, la señora Lolita, dijo que estabas agarrando bien el pecho,
que yo tenía buena producción y de que, aunque no sería fácil, podíamos hacer
lo posible porque no perdieras la lactancia. Yo debía esmerarme y pegarte a mi
pecho todo el día, y tener paciencia ante tu llanto y frustración. Tenía que
“venderte” lo agradable del pecho y eliminar por completo el tetero. Como buena
alumna, obedecí. ¡Y qué semana pasamos bebé! Pero salimos victoriosos: estabas
agarrando el pecho nuevamente con docilidad y te escuchaba tragar. Optimistas, fuimos
al control de peso creyendo que la báscula sería un problema del pasado. Pero
no. No habías aumentado ni un gramo bebé. Ni un gramo. Y yo me sentía más
culpable que nunca por desobedecer al pediatra.
La solución era darte la leche con una jeringa, pero no te
gustaba nada y temíamos lastimarte el paladar. El doctor, por su parte,
insistía en que te diéramos un tetero normal aunque eso implicase despedirse
del pecho. Yo no quería la salida fácil, sino lo mejor para ti. Investigando,
dimos con una nueva solución: darte la leche de fórmula con un vasito, en el
que la tomarías como un cachorrito. Era complicado: te emparamabas, se
chorreaba la leche, te entraban más gases. Tu papá se convirtió en el experto
de esa tarea.
Y así seguimos, con el pecho y el vasito, hasta que afianzamos un
poco más la lactancia y encontramos un método menos engorroso. Duramos 3
semanas en eso. Sirvió, pero empecé a notar que quizás tenías gases de más
producto del vasito, así que luego de un arduo arqueo en internet, di con unos
teteros especiales que prometían emular la succión al pecho materno y, por
tanto, evitar la confusión del pezón. Y con eso lo logramos nené. Después de
muchos intentos y lágrimas de tu mamá, fue posible que subieras de peso sin que
perdiéramos del todo el pecho. Eso significaba que seguirías obteniendo los
anticuerpos que sólo la leche materna puede dar.
A los tres meses ya estabas hecho un gordito y pesarte en el
pediatra dejo de ser una experiencia aterradora para tu mamá. En mi vida desde
que naciste la balanza siempre se inclina hacia ti.