Adivina adivinador,
¿Por qué llora mi bebé? ¿Hambre? ¿Sueño? ¿Algún gas?
¿Dientes? ¿Malcriadez? ¿Saturación? No lo sé. Empieza el descarte: pecho, tete,
arrullo, golpecitos en la espalda, canciones de cuna. De pronto, se calma, pero
tan pronto me siento se rompe el hechizo: uaaa uaaa. Alejandro llora. ¿De qué?
¿Rabia? ¿Dolor? ¿Cansancio? Sigo sin saberlo. Volvemos al ritual. “Arrúru nené,
arrúru ratón… Shshshshshsh, tranquilo nené estás con mamá”.
Nada funciona. Pasa el tiempo y ambos nos cansamos: tú de
tanto llanto, yo de tanto consolarte. Y a cada instante crece el nerviosismo de
primeriza: “¿Y si le pasa algo? ¿Será que hice algo mal?”. Vuelvo a mi
bibiliografía mental: aquella web que hablaba sobre la hora de la inquietud,
alguna otra algo decía sobre los cólicos. Vamos a la cambiadora. Siempre te
gusta acostarte allí. Te dejo encima: el llanto alcanza un nuevo decibel: la
rabia de que mamá me soltó. Te abro el monito, tomo la crema de azahar, la paso
por tu nariz y te masajeo el estómago. El bebé se calma. “Lo logré”, piensa la
madre orgullosa (yo). Pero al instante desplomas mis ilusiones, Alejandro.
Uaaaa uaaaa. Casi te ahogas de tanto llorar. Y ahí sí que me alarmo. “Eduardo,
vente por favor no sé qué tiene el bebé”. La llamada a papá. Que venga a
auxiliarnos del desespero. Y entre que el viene, de pronto, cuando ya perdí las
esperanzas de sosegarte, bebé, caes rendido. Llega papá. “Sshshshhh no lo
despiertes, no sabes lo que fue”, susurro en desahogo. ¿Y al final qué era?,
pregunta él. … Buena pregunta. No lo sé, ni lo sabremos.
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